Como si de una
guerra se tratara dejé todas mis cosas atrás y me dirigí hasta el único sitio
que me parecía seguro: mi casa.
Pero de repente,
todo aquello que daba por sentado se tambaleó, ya no había ningún lugar seguro. El enemigo, tan minúsculo como
mortal, estaba en todas partes.
Ya no podemos
salir, aparte de quedarnos en casa, lo único que tenemos que hacer es soportar
una carga psicológica aplastante. Al principio parecía fácil, incluso
divertido, pero ahora los días pasan de forma inadvertida, como si formáramos
parte del elenco del Día de la Marmota.
No hay forma de
viajar ni de olvidar las cifras que penetran minuto a minuto en tu mente y que van
haciendo mella en ti, sigilosa pero impasiblemente.
Y mientras algunos
se refugian en un aplauso conjunto, yo encuentro mi oxígeno sumergiéndome en
los universos de Brontë, de Orwell o de Márquez.
Pero ni siquiera estos mundos superan la
ficción de mi realidad.
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